domingo, 9 de octubre de 2011

“Yo y mi padre somos uno”


Recuerdo la primera vez en que vi a mi padre. No le vi como “mi” padre, porque en modo alguno era mío. Era un simple personaje de película interpretado por el Ser – o la Conciencia, que vienen a ser lo mismo-. Le vi con absoluta claridad. Vi lo que realmente había allí; vi más allá de la historia, más allá de la historia de padre e hijo, más allá de los deberías, de los no deberías, de los podrías tener y de la historia de que no era la persona que yo hubiera querido que fuese. Y es que, cuando todo aquello se desvaneció, cuando el pasado se tornó tan irrelevante Comcel futuro, sólo quedó frente a mí increíblemente inocente, un anciano, de cabello cano, con el rostro arrugado y manchas en las manos. Entonces se desvaneció, súbitamente todo intento de cambiarle, dejando tan sólo el agradecimiento.

Todo había sido muy inocente. Él era completamente inocente y yo era completamente inocente. Él no había sido, en modo alguno, mi padre, y yo había sido, en modo alguno, su hijo. Ésos no son más que roles que hasta entonces habíamos tomado erróneamente por la realidad. Los actores se habían identificado tanto con su rol que se habían olvidado de que no eran más que actores desempeñando sencillamente el papel de padre y el papel de hijo, y distorsionando así completamente la realidad.

Cuando, no obstante, la niebla se disipó y se abrieron las puertas de la percepción, solo quedó la pura simplicidad de lo que ocurría. Un anciano de cabello cano, sentado en una silla y tomando el desayuno. Nada que fuese especialmente “mío”. Ninguna sensación de posesión. Ninguna sensación de control o de falta de control. Un personaje sencillo, perfecto en sí mismo. Ahora entendía a qué se refería Jesús cuando dijo que “Yo y mi padre somos uno”.



En cierto modo se trataba de una muerte, de la muerte de la historia de mi padre y de la muerte también, en consecuencia, de la historia del hijo. Muerte del padre, muerte del hijo y muerte también de todo lo que hay entre nosotros. Muerte de los roles. Muerte de la pretensión, muerte de la fachada y muerte de las máscaras y de los juegos. Y, sin embargo, detrás de todas esas muertes queda el latido de la vida, porque nada real puede morir jamás.

Y no sólo la muerte del padre, sino también la muerte de la madre, de la hermana, del hermano, del amigo y del amante. Ésos no son más que roles provisionales que, por más útiles que resulten para movernos en este mundo, se interponen entre nosotros hasta acabar enmascarando la intimidad de lo que es.

Cuando nada es tuyo, todo es tuyo. Cuando nada es tuyo, no hay nada que pueda obstaculizar nada. Cuando nada es tuyo, el mundo estalla en pedazos. Entonces no hay, en el mundo, obstáculo alguno, y sólo queda una intimidad absoluta con otros yoes aparentes y con todo lo que emerge.

No hay nada, cuando desaparecen los roles de padre y de hijo, que puedan obstaculizar esta intimidad.

¡Qué extraordinaria intimidad me une a ese hombrecillo que está tomándose sus copos de maíz! ¡Es demasiado hermoso como para empezar a hablar de ello!

Jeff Foster

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