
La historia del Antiguo Testamento, tan lejos de toda alegría, es ciertamente profunda. Y también lo es su secuela mucho más feliz del Nuevo Testamento. Aquí la promesa es que «mientras que en Adán morimos todos, así en Cristo todos seremos hechos vivos» –vivos en el Cristo Universal y Eterno que es la Única Cabeza del Cuerpo con sus innumerables miembros, la Única Luz Verdadera que ilumina a todo hombre y mujer que viene al mundo–.
Douglas Harding
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